Al volverse hacia el monje esperando las típicas alabanzas, el anciano solo sonrió con compasión y le dijo: "Mueves la espada con la gracia de los ángeles, muchacho, pero tu alma arrastra cadenas más pesadas que las de cualquier esclavo. ¿Cuánto tiempo más vas a usar tu luz para iluminar la nada?"
Aquellas palabras perforaron la arrogancia de Félix. El monje, un siervo de Pelor (el Dios del Sol y la Luz), no vio a un noble arrogante; vio a un hombre desesperado por ser salvado de sí mismo. Pasaron el resto de la noche conversando, y por primera vez en su vida, Félix no habló de sí mismo, sino que escuchó.
El monje llevó a Félix al Bastión del Alba, un monasterio y cuartel general de la Orden de Pelor. Allí, el aristócrata abandonó sus ropas de seda por el sayal de novicio. Cambió el vino por el agua comunal y las fiestas por el servicio a los enfermos y desamparados.
No fue fácil. Su orgullo herido protestaba a diario, pero en la disciplina del templo y en el calor reconfortante del sol, Félix encontró lo que tanto buscaba: un propósito. Comprendió que su don con la espada no era para su propia gloria, sino para ser el escudo de los indefensos y la espada que corta la oscuridad.
Frente al altar del Dios del Sol, Félix Valerius dejó atrás su pasado de excesos y pronunció sus votos sagrados, convirtiéndose en Paladín de la Orden de Pelor.