Nacida entre las torres de mármol de Sol-Aethel, Sariel jamás contempló la existencia como algo al alcance de cualquiera. Para ella, los Altos Elfos no son solo una raza: son la cima espiritual del universo, y su vocación sagrada como clériga jamás fue una concesión humilde, sino su legítimo derecho de nacimiento. Con una resistencia física imponente, su maza de bronce ajustada al cinturón y una intuición casi profética que le permite leer la flaqueza del alma de cualquier criatura al instante, Sariel siempre contempló a las demás razas como alimañas: humanos ruidosos que se pudren en décadas, enanos toscos y bestias que ni siquiera deberían respirar su mismo aire.
Su viaje hacia las tierras bajas no fue una búsqueda de gloria, sino una mortificante tarea de purificación. Siguiendo el rastro de la Lágrima de Corellon —un relicario sagrado robado de su templo por mercenarios mortales—, Sariel descendió a las profundidades de una antigua cripta olvidada. Mantuvo su postura erguida y sus pañuelos impregnados en esencia de lavanda mientras avanzaba con asco entre la mugre y la humedad de las ruinas subterráneas.
Tras abrirse paso a golpes de maza y ráfagas de juicio divino contra los saqueadores que profanaron el lugar, Sariel llegó al fondo del complejo subterráneo. Pero el altar no albergaba una simple joya en un cofre de madera. En el muro del fondo, las sombras del calabozo comenzaron a fracturarse.
Una luz cegadora, pura y resplandeciente brotó desde el final del pasadizo, disipando la penumbra y el hedor a putrefacción del lugar.
Para Sariel, aquella luminiscencia no representaba una amenaza ni una trampa mágica; era la manifestación innegable de la gloria de sus dioses. En su mente de supuesta superioridad, interpretó la luz como un milagro personal: una recompensa divina enviada para abstraerla del fango mortal y devolverla victoriosa a los santuarios de su pueblo. Sonriendo con fría soberbia, se ajustó el broche de su armadura, alzó la barbilla y caminó directamente hacia el resplandor sin vacilar un solo segundo.
Sin embargo, el tejido del espacio tenía un propósito muy distinto.
El destello no la transportó a los palacios de cristal de Sol-Aethel. Con un chasquido sordo que hizo vibrar el aire, la luz la engulló por completo y la escupió de golpe contra un suelo de losas gastadas.