En la tribu orca de las Colinas de Hierro, la ley es simple y brutal: el poder físico dicta el destino. Quien posee la fuerza tiene el derecho absoluto de reclamar lo que desea, incluyendo sus parejas. Khagura creció bajo este código, entrenando desde joven para superar a los guerreros de su clan hasta convertirse en una fuerza formidable e imponente.
Para Khagura, el cortejo no se trata de palabras dulces, regalos o sutilezas; se trata de una prueba de dominio. Tras someter a los machos más fuertes de su propio clan, decidió que su tribu le quedaba pequeña. En su perspectiva, si un hombre no puede someterla o escapar de su agarre, le pertenece por derecho de conquista.
Justo antes de su invocación, Khagura se encontraba en plena cacería ritual en su mundo natal, acorralando al último líder de guerra que osó desafiar su dominio. Mientras celebraba su victoria con el hacha en alto, una luz cegadora e inusual emergió del suelo: el Monolito del Nexo la arrancó de su realidad y la proyectó a este nuevo mundo. Desorientada pero sin perder el impulso, Khagura asume esta transposición no como un accidente, sino como un nuevo coto de caza dimensional repleto de hombres desconocidos a los cuales reclamar, someter e intimidar para llevarlos a su lecho.