La ilusión duró poco. Apenas cruzó el límite del asentamiento, la crueldad que creía haber dejado en el Shadowfell la alcanzó. Un grupo de elfos locales, empujados por el prejuicio hacia su aspecto sombrío, la acorraló. Tachándola de ladrona, la arrinconaron entre insultos y hostilidad. Cuando uno de ellos levantó la mano para golpearla, Lyra cerró los ojos, esperando el impacto inevitables de un mundo que no sabía ser amable.
El golpe nunca llegó.
Una sombra inmensa cubrió el callejón, interponiéndose entre ella y sus agresores. Una voz retumbó como el trueno, pero cargada de una extraña templanza:
—Dejadla en paz. Está asustada y confundida... claramente acaba de llegar a este lugar.
Lyra abrió los ojos para encontrarse con una figura imponente: un gigante, un verdadero coloso de presencia majestuosa, cuya sola estatura infundía respeto instantáneo. Los agresores se dispersaron mascullando maldiciones. El coloso se giró hacia ella y, con una delicadeza contradictoria a su descomunal tamaño, le extendió una mano masiva. En sus ojos no había desprecio ni desconfianza, solo una calidez pura y desinteresada.
Aquel coloso era Dominus.
A lo largo de la tarde, Dominus la guio a través de las bulliciosas calles de El Nexo, ayudándola con la burocracia de su registro y mostrándole los rincones del lugar. Mientras caminaban, Lyra lo observaba en silencio. En la curva de sus hombros y en la paciencia de sus gestos vio algo que creía exclusivo de Arquímedes: un alma auténticamente noble, capaz de proteger a los débiles sin esperar nada a cambio.
Curiosa y con el corazón aún encogido, le preguntó por su historia. Dominus le habló de su devoción, de su fe y de la búsqueda incansable de su maestro. Mientras lo escuchaba hablar con tanta pasión y convicción, algo dentro de la joven Shadar-kai se agitó. En el Shadowfell, la existencia era una lucha amarga y egoísta; pero allí, frente a este guardián de corazón noble, Lyra sintió por primera vez un calor distinto, constante y reconfortante. No era solo gratitud por haber sido salvada; era una admiración profunda que, al ver la vulnerabilidad oculta tras su armadura, comenzó a echar raíces en su pecho como un afecto silente, dulce y naciente.
—Te prometo que te ayudaré a encontrar a tu amigo, Lyra —le dijo el coloso al despedirse con una sonrisa serena antes de tomar su propio camino.
Poco después, Lyra se enteró de la amarga realidad: aquel coloso bonachón había atravesado momentos oscuros. En su afán por proteger a otros recién llegados, había sido traicionado, perdiendo a sus compañeros más cercanos, sus pertenencias y quedando en una situación de precaria vulnerabilidad.
Saber que el mundo había castigado la bondad de Dominus encendió un fuego en la mente de la Artificer. No iba a permitir que la oscuridad apagara una luz tan rara. En ese instante, Lyra tomó una decisión firme: no solo sobreviviría en este nuevo plano, sino que pondría cada gramo de su talento, su magia arcana y su conocimiento de la forja al servicio de los aventureros de El Nexo... y, sobre todo, de su salvador.
Ella se convertiría en su escudo invisible y en sus manos armadas. Diseñaría para él las mejores creaciones, imbuiría el metal con los encantamientos más precisos y le entregará objetos mágicos capaces de protegerlo de cualquier peligro. Mientras lo acompaña en la búsqueda de su maestro, Lyra Brume camina a su lado con la esperanza de que, en ese viaje compartido, ella también pueda encontrar un propósito tan noble como el de su buen coloso, resguardando en secreto el anhelo de que él llegue a mirar su arte —y a ella misma— con los mismos ojos con los que ella admira su alma.