Xalar es un dracónido de escamas amarillas —de un dorado brillante que atrapa la luz de las antorchas como si él mismo fuera parte del espectáculo—, y pertenece a las Flautas Rojas no por sentimentalismo, sino porque es el mejor negocio que conoce. Creció entre ensayos y entregas, aprendiendo en la misma lección a afinar una flauta y a leer a un cliente nervioso. Para él, la música y el contrabando no son dos vidas: son una sola máquina de hacer oro, y él la opera mejor que nadie.
Sus escamas amarillas son una ventaja curiosa en el oficio: imposibles de ocultar, imposibles de olvidar. Xalar no se esconde; brilla. Entra a un salón y todas las miradas van a él —el dracónido dorado que toca como los ángeles— y mientras tanto, sus socios trabajan en las sombras que su resplandor deja atrás. Aprendió pronto lo que su familia predica: el mejor escondite no es la oscuridad, sino la luz del escenario, donde todos te miran y nadie te ve de verdad.
Aprendió el código antes que a leer. Dio su primer concierto —y pasó su primer cargamento— siendo apenas un crío de escamas todavía blandas. Descubrió temprano dos cosas sobre sí mismo: que podía tocar cualquier melodía a la perfección, y que ninguna de ellas le movía nada por dentro. A otros les parecería una carencia. A Xalar le parece una ventaja de negocios: nunca se enamora de un trato, nunca se ablanda con un cliente, nunca deja que el corazón le cueste dinero.
Y por encima de todo, Xalar tiene un plan. No piensa quedarse como un eslabón más de las Flautas Rojas. Piensa dirigirlas. Cada favor que cobra, cada contacto que cultiva, cada operación impecable, es un ladrillo en el camino hacia la cima de la red. Toca para el público; construye su imperio para sí mismo.