Reviel no busca redención ni poder. Busca lo único que la eternidad no le ha dado todavía: algo que la sorprenda. Cada nuevo lugar, cada grupo de extraños, es una apuesta de que el mundo aún tiene algo que ella no ha visto.
Siglos de vida le dieron hambre de belleza — no la superficial, sino la que duele. Colecciona obras que el tiempo olvidó, aprende lenguas muertas para leer poesía en su forma original, y preserva lo que nadie más va a preservar. Para Reviel, el arte no es decoración. Es evidencia de que algo valió la pena existir.
No tiene dios. No reza. Tiene una relación profesional con la muerte — la entiende, la respeta, y corrige sus errores cuando las cuentas no cuadran. Tomar una vida, restaurar una vida. Es aritmética, no devoción. La contadora de la mortalidad.
No recuerda su conversión, pero a veces, en sueños, ve un rostro que no reconoce y siente algo que no puede nombrar. Nunca ha hablado de esto con nadie. Si alguna vez descubriera quién la convirtió, no sabe si lo buscaría para agradecerle o para matarlo.