La entidad le ofreció un pacto.
No le prometió riqueza.
No le prometió inmortalidad.
Le prometió la verdad.
Kaelion aceptó.
Y se convirtió en un Warlock del Pacto del Tomo.
El libro, ahora conocido como el Tomo de las Últimas Verdades, comenzó a revelar secretos imposibles.
Cada página contenía información que ningún mortal debía conocer.
Aprendió los nombres verdaderos de los ángeles.
Aprendió cómo nacían los dioses.
Aprendió la estructura oculta de los planos.
Aprendió que la realidad misma estaba sostenida por antiguos pilares cósmicos.
Pero la revelación más terrible estaba aún por llegar.
Después de décadas estudiando el Tomo, descubrió que todo su universo era una creación artificial.
Una historia.
Un experimento.
Una gigantesca prisión diseñada por entidades superiores para observar el desarrollo de las almas mortales.
Los dioses no eran creadores.
Eran guardianes.
Carceleros.
Y los mortales jamás habían sido libres.
Cuando Kaelion reveló la verdad, fue declarado enemigo de toda la creación.
Los templos lo llamaron blasfemo.
Los ángeles intentaron silenciarlo.
Los reyes ordenaron su ejecución.
Pero ya era demasiado tarde.
El Tomo seguía creciendo.
Con cada secreto descubierto, nuevas páginas aparecían.
Con cada página, su poder aumentaba.
Kaelion comenzó una guerra que duró siglos.
No conquistaba territorios.
Conquistaba conocimiento.
Bibliotecas sagradas ardieron.
Archivos divinos fueron saqueados.
Fortalezas celestiales cayeron una tras otra.
Los ejércitos enviados para detenerlo desaparecían sin dejar rastro.
Porque Kaelion ya no combatía con magia ordinaria.
Combatía usando las propias leyes de la realidad.
Reescribía hechizos.
Alteraba destinos.
Borraba nombres de la existencia.
Y cuanto más aprendía, más se acercaba a convertirse en algo superior a los propios dioses.
Finalmente, el Tomo reveló su última página.
Una página vacía.
Al tocarla, apareció una única frase:
"Todo lo que ha sido escrito puede ser borrado."
Kaelion comprendió entonces el propósito final de su pacto.
El universo entero era un texto.
Y él había encontrado la forma de arrancar sus páginas.
Los cielos comenzaron a romperse.
Las estrellas se apagaron.
Los planos se fragmentaron.
La magia dejó de obedecer sus propias reglas.
Millones de seres sintieron cómo la realidad comenzaba a desmoronarse.
No era una guerra.
Era el fin.
Kaelion había llegado al corazón de la creación y estaba a punto de destruir el universo entero para liberar a todas las almas de su prisión eterna.
Cuando alzó el Tomo para escribir la última palabra que borraría toda la existencia, aparecieron los verdaderos creadores.
Los Arquitectos.
Seres tan antiguos que incluso los dioses les rendían cuentas.
Entidades que habían observado el universo desde antes del nacimiento del tiempo.
Ni siquiera ellos podían matarlo.
El conocimiento contenido en el Tomo había convertido a Kaelion en algo demasiado poderoso.
Pero podían castigarlo.
Y así lo hicieron.
Uno de los Arquitectos pronunció la sentencia:
"Aquel que leyó lo prohibido.
Aquel que desafió a los dioses.
Aquel que estuvo a un instante de destruir su universo.
Será arrancado de su historia."
La última página del Tomo comenzó a arder.
Las letras desaparecieron.
Las dimensiones colapsaron a su alrededor.
Kaelion intentó completar el hechizo final.
Intentó escribir la palabra que acabaría con toda la existencia.
Estuvo a segundos.
A un único instante.
A una sola palabra de destruir su universo entero.
Pero jamás llegó a terminarla.
Una luz imposible envolvió su cuerpo.
Los Arquitectos lanzaron el mayor hechizo jamás concebido.
No fue una ejecución.
Fue un exilio.
Kaelion fue arrancado de su realidad mediante un teletransporte que atravesó incontables dimensiones.
Su cuerpo se desintegró.
Su alma cruzó mundos desconocidos.
Su Tomo gritó con miles de voces mientras era arrastrado junto a él.
Y entonces...
Todo quedó en silencio.
Kaelion abrió los ojos.
Frente a él se alzaba una estructura colosal.
Un pilar imposible.
Más grande que montañas.
Más antiguo que estrellas.
Cubierto por runas de lenguas que ni siquiera él podía comprender.
A su alrededor flotaban portales conectados a incontables mundos.
Miles de realidades.
Miles de historias.
Miles de destinos.
En la base del pilar había una sola inscripción:
En ese momento comprendió la magnitud de su castigo.
Había sido expulsado de su universo.
Desterrado del mundo que estuvo a punto de destruir.
Condenado a vagar entre realidades sin poder regresar.
Los Arquitectos le habían arrebatado la oportunidad de terminar su obra.
Pero también le habían mostrado algo mucho más grande.
Porque el Nexo no conectaba un solo universo.
Conectaba todos.
Kaelion cerró el Tomo, observó los infinitos portales que se extendían ante él y sonrió.
Si había estado a segundos de destruir un universo...
¿Qué podría llegar a hacer en un lugar donde convergían infinitos?
Y así comenzó una nueva historia.
No como héroe.
No como villano.
Sino como Kaelion, el Escriba del Fin, el Aasimar del Pacto del Tomo que estuvo a punto de borrar la creación y cuyo castigo fue ser enviado al misterioso Pilar del Nexo, donde los destinos de todos los mundos terminaban entrelazándose.