El Pasado: Nido de Víboras
Linco no nació conociendo la culpa ni el perdón. Como yuan-ti purasangre, su mente siempre procesó la existencia a través de la ventaja táctica, el cálculo frío y la ausencia de sentimentalismos. Esos mismos atributos lo convirtieron en un ejecutor sobresaliente dentro del «Club de Tobin», la infame banda de forajidos que cabalgaba por las tierras fronterizas fingiendo ser una orden de caballería o una milicia contratada para saquear sin dejar cabos sueltos. Creció en ese entorno bajo la tutela despiadada de su tío Xal'tho y forjó una complicidad de sangre y supervivencia con su prima, Vipera Vane.
Sin embargo, Linco no compartía el sadismo miope de Tobin ni la brutalidad errática de sus parientes. Para él, la violencia desmedida y las masacres innecesarias no eran un signo de fuerza, sino una ineficiencia ruinosa que atraía persecuciones y arruinaba negocios. Tras un asalto particularmente sangriento contra un asentamiento fronterizo —donde la banda desató una carnicería gratuita en lugar de limitarse al botín acordado—, Linco comprendió que el Club de Tobin estaba condenado a la horca por su propia estupidez. Sin dudarlo, tomó su parte del dinero, desertó y dejó que la ley cayera sobre ellos.
La Carne y la Deuda: El Despertar del Calor
Fue durante su huida cuando descubrió la anomalía en sus manos. En un asentamiento periférico, intentando evitar que un testigo clave muriera, Linco colocó sus palmas frías sobre el pecho del herido y de su férrea determinación y la necesidad de mantener con vida a ese peón emergió un calor abrasador, sofocante y doloroso que cauterizó la carne al instante.
Ese fue el origen de su Juramento de Redención, concebido bajo la Filosofía de la Serpiente Enroscada:
La Medicina: Curar no es caridad. Cada vida salvada mediante su calor incandescente es una deuda viva que tarde o temprano vendrá a cobrar.
El Cascabel: La violencia es el último recurso porque cuesta plomo y desgasta recursos. Linco siempre establece los términos, delimita su terreno y hace sonar la advertencia. Quien ignora el aviso y cruza la línea no recibe odio, sino la ejecución fulminante de una cláusula rota.Vistiendo ropas raídas y cubriendo sus escamas bajo un guardapolvo polvoriento y guantes gruesos, pasó años trabajando como curandero errante y pistolero. Adoptó un estilo de vida austero no por penitencia, sino como camuflaje: un forajido cubierto de polvo que come pan duro en una esquina nunca llama la atención de las autoridades ni de los cazadores de recompensas que le seguían la pista tras la caída de Tobin.Una noche, mientras acampaba bajo el cielo raso de la frontera, el destello errático del Monolito lo arrancó de su mundo y lo materializó en el centro de El Nexo. Sometido de inmediato al Juicio de Registro de La Intendencia, Linco no vio una tiranía, sino el sistema más sensato que había conocido jamás: un lugar que no juzgaba de dónde venías ni tus crímenes pasados, sino tu estricta utilidad y tu respeto a la paz comunitaria bajo la ley de «No te metas en problemas dentro del Nexo».Al demostrar su capacidad médica para cauterizar heridas y su disciplina con las armas, se le otorgó el estatus de Refugiado. Fiel a su doctrina, Linco se asentó en lo más bajo de la escala social: duerme en el pajar del rancho Campo Primavera a cambio de atender al ganado, viste como un peón cualquiera y compra cartuchos por debajo de la mesa en la fragua de Zeke Cross para evadir registros y miradas indiscretas.